Una historia en espejo
Esta historia doble refleja el paso por una situación de aborto. Llegó unos días después del 8 de Agosto, vía whatsapp gracias al colectivo “Las Violetas”, para integrarse a la urna.
Es la única historia que tiene el doble relato de aquello clandestino, escrito desde quien lo atraviesa con su cuerpo y desde quien lo ve acompañando en la impotencia.
Uno en el otro, podrían replicarse en espejo. El dolor de ellxs es también el de todxs.
En el espejo de todxs el dolor es infinito.
Ella: Transcripción completa del Whatsapp (Click aquí)
Ponerse en los zapatos del otro, aunque jamás ni por un poquito llegarás a sentir algo de todo lo que le toque pasar. Me horrorizo al escuchar a las pibas: «todo bien, pero si no se cuido que se joda!». Me horroriza escucharte decir eso, vos que sos mujer, mi hermana, vos que sos mi amiga, mi par.
Mi mamá, mi hermana y yo vivimos gran parte de nuestra vida en un barrio. Un barrio humilde, de gente buena y no tanto. De viejas chusmas, de niños que se criaban solos, de pibas que eran madre a los 14. De viejas chusmas que mi madre las mandaba a callarse la boca por que ella tenía hijas mujeres y también le podía pasar. De niños que estaban en la calle y esa era su escuela. De pibas que eran madre a los 14, que charlaban conmigo y me contaban lo del perejil, lo del té de orégano y lo de la aguja de tejer. Yo misma conocía la casa de la vieja que les vendía el preparado, que las dejaba con un fuerte dolor de panza y sin plata. De esas pibas estaba llena la salita del barrio.
También había pibas como mi hermana y yo, que tuvimos otra crianza. Nos mostraron y nos enseñaron otras cosas. Pero nada de eso bastó para que a mi no me pasará. Tenía 17 años, casi tres meses de embarazo y un miedo terrible que no me permitió decirle a nadie. Caí en el perejil, aún sabiendo que eso no era cierto. Ponele que me pasó por puta, por estúpida, por pendeja calentona o por el calificativo que quieras ponerle. Me pasó y eso es todo lo que puedo decir.
Tuve un aborto espontáneo, no me hice nada pero la naturaleza decidió que ese no era mi momento. En la clínica los médicos se ocuparon y me trataron como una paciente más. No era una abortera, era un aborto espontáneo.
Con el correr de los años, me fui a vivir a Buenos Aires. Por ese entonces tenía 24 años, con mi pareja vivíamos en casas separadas y a la relación le quedaba poco de buena. Al contrario de la pendeja calentona, está vez sí me cuidaba y quede embarazada. Transitaba mi peor año en Buenos Aires, con muchas crisis personales y económicas. No podía, ni quería ser madre. Busque información en Internet, solicite ayuda en una línea 0800 y hable con mi ginecóloga fue así como llegó a mi la famosa pastilla Misoprostol. Me moví en lo ilegal. Saque de donde no tenía y adquirí cuatro pastillas al precio de $800. Se las compré a una enfermera a traves de un anuncio por Internet. Sin ningún remordimiento me contó que trabaja en un hospital y que las pastillas las sacaba de ahí.
Volví a mi casa con mucho miedo. Con la poca información que tenía me iba a someter a un aborto clandestino en mi propio monoambiente. En ese entonces no le di demasiada importancia a la ayuda que tuve de dos amigas, pero hoy día nunca voy a dejar de recordar a dos hermanas de la vida que si todo salía mal iban a estar muy comprometidas. Sin ellas, sin su abrazo, sin su contención me hubiera sentido muy sola.
El proceso fue largo, la noche aún más. Los dolores insoportables y el miedo…el miedo crecía.
Me asusté, fui al hospital. Fui insultada y amenazada. Llamaron a la policía y me escape. Doblada del dolor y con una hemorragia, me escape. Me podría haber muerto pero al personal de salud le importó más poner sobre mi cuerpo su religión y marcar mi ilegalidad.
Todo término bien, por suerte, por que fue sólo cuestión de suerte.
Hoy tengo 34 años y un hijo de seis. Producto de un embarazo que no busque pero que si decidí continuar. Hoy soy madre, por que así lo decidí. Hoy estoy viva y más viva que nunca por eso no me callo. Por eso cuando te escucho decir que se joda, se me revuelven las tripas y me haces acordar a esas viejas chusmas de mi barrio pobre. Más pobre de corazón que de cabeza.
El: Transcripción completa del Whatsapp (Click aquí)
Hola María, me es inevitable e imprescindible recordar últimamente aquellos días tan intensos de hace casi 10 años.
Ya estábamos separados, me llamaste para pedirme ayuda y me contaste que creías estar embarazada. Averiguamos todo lo que pudimos sobre Misoprostol , lo conseguiste y lo hiciste con Eli y la otra chica del curso de fotografía. Al parecer lo hicieron mal ó falló por alguna razón. Te haces una eco y confirmas que seguís embarazada.
Recuerdo salir a pedir guita y pedir que no preguntaran para qué, recuerdo los miedos, los nervios, la angustia tanto tuya como mía. No lo digo con rencor, cómo hacerlo? Si bien todo lo que sucedió me partió la vida al medio, no era nada comparado con lo que vos ibas a vivir en carne propia. Yo intenté acompañar lo mejor que pude, y aún pienso en si podría haberlo hecho mejor…
En fin, lo que yo recuerdo, es que compraste las pastillas por mercado libre y nos encontramos con la vendedora en el shopping del Abasto, donde se reunían por entonces los Floggers, sobre la calle Agüero. Esa misma noche usamos el misoprostol. Recuerdo que te costaba introducirte las pastillas en la vagina, así que te ayudé y traté de empujarlas lo más adentro que pude. Te dolía, yo no entendía nada pero traté de aparentar que tenía el control de la situación. Tomaste otras vía oral y nos acostamos a esperar… No sé cuánto tiempo pasó pero los dolores, el sangrado y las contracciones no se hicieron esperar. Pero era interminable, estabas doblada de dolor, ibas y venías del baño. Finalmente a la madrugada, cuando ya no dabas más, me pediste ir a una guardia. No teníamos un mango, ni cobertura médica, ni nada. Estábamos cagados de miedo. Llamé un taxi y te llevé a la guardia de Htal Durand, en Parque Centenario, el más cercano. Entraste sola a la guardia y me quedé esperando. La espera no fue larga aunque pareció una eternidad. No podía parar de pensar. En todo, en nada, en quién sabe qué mierda. Y de repente apareciste.
Me es imposible olvidar como te sacaron al pasillo semi vestida con un bollo de ropa en la mano, empapada en llanto, manchada de tu propia sangre y aún muerta de dolor, cuando se dieron cuenta de lo que habíamos hecho.
Nunca sentí tan fuerte la sensación de GAME OVER. Nadie iba a hacer nada por vos. NADIE.
Desesperanzados nos subimos a otro taxi y volvimos al departamento, te bajaron algunos coágulos, y creímos que eso era todo. Nos acostamos y en algún momento nos quedamos finalmente dormidos. Al día siguiente mi amigo Juan y su por entonces pareja Maye nos acompañaron al Htal. Rivadavia en Av. Las Heras para hacer una eco y comprobar si continuabas ó no embarazada. No íbamos a volver al Durand, teníamos miedo de que haya bardo. De hecho no volví a ir nunca más. Recién el año pasado fui a ver al padre de Juan que estaba internado. Me pego mal subir esas escaleras grises del orto…
Esta vez entraste con Maye, yo me quedé con Juan en la sala de espera, era domingo no había nadie. Juan me contenía como siempre lo ha hecho hasta que finalmente saliste y confirmamos que ya no estabas embarazada. Sentimos alivio y creímos que todo terminaba ahí. Por supuesto, no.
Tuviste que hacerte un raspaje posteriormente debido a una infección derivada del aborto incompleto. Pero nosotros ya estábamos distanciados cuando lo hiciste.
No volví a verte.
Fue todo muy difícil.
No creo jamás llegar a experimentar lo terrible que fue todo esto para vos, pero a mí me marcó de por vida.
No quiero que ninguna mujer pase nada de esto nunca más.